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El ojo de Moscú sigue abierto

Veinte años después de la caída del Muro de Berlín, numerosos agentes secretos rusos siguen desplegados en los antiguos países comunistas

Vladimir Putin, primer ministro de Rusia, es un ex agente de la KGB soviética. No se sabe si ése es el motivo, pero lo cierto es que los servicios secretos rusos mantienen a muchos espías desplegados en los antiguos países comunistas de Europa central y oriental. La incorporación de buena parte de esos Estados a la OTAN y la UE y el desmembramiento de la URSS no implicó la renuncia de Moscú a vigilar de cerca lo que ocurre en su antiguo patio trasero. «Tiene su lógica, porque Rusia es un país con pretensiones imperialistas y no ha asumido con normalidad los cambios experimentados por los países de Europa central y del este tras la caída del Muro de Berlín hace 20 años», señala el analista de política internacional polaco Andrzej Szeptycki.
Según diversas fuentes, Moscú ha desplegado una potente red de espías y colaboradores del FSB (el sucesor de la KGB) y otros servicios de inteligencia en los países del antiguo Telón de Acero. Los agentes secretos rusos se han infiltrado en círculos económicos y políticos, tanto de la izquierda poscomunista como de la derecha, religiosos, sociales y periodísticos, y el temor de los dirigentes de los países del Este es que también lo hayan conseguido en los aparatos militares y de seguridad.
Los espías actúan con mayor o menor fortuna, y a veces son descubiertos y expulsados por las autoridades de los países donde residen. A mediados de este mes de agosto, dos diplomáticos de la Embajada de la Federación Rusa en Praga fueron expulsados por las autoridades checas al haber sido acusados de colaborar con los servicios secretos de su país. La reacción no se hizo esperar. El ministro ruso de Asuntos Exteriores. Serguei Lavrov, calificó la decisión de Praga de «provocación» y Moscú respondió con la misma medida: la expulsión de dos diplomáticos checos por su supuesta vinculación a los aparatos de inteligencia de su país.
Susceptibles
A pesar de que el jefe del Estado, el euroescéptico Václav Klaus, mantiene excelentes relaciones con los hombres de negocios rusos, los dirigentes checos suelen ser muy susceptibles con todo lo que está relacionado con la seguridad de su Estado frente a Moscú. Tanto es así que la entrevista que mantuvo el pasado mes de julio el líder de los socialistas checos, Jiri Paroubek -un antiguo comunista- con Vladimir Putin en Moscú, levantó una áspera polémica política. Al parecer, Paroubek le prometió a Putin que si gana las próximas elecciones, se opondrá a la instalación de un escudo antimisiles estadounidense en Chequia. La promesa sentó como una patada en el estómago en Praga. El caso checo es comparable con el del resto de los países poscomunistas.

Hace dos años, el jefe del contraespionaje polaco, Antoni Macierewicz, afirmó que «se ha incrementado considerablemente» la infiltración de agentes rusos en Polonia. Según Varsovia, en el país hay unos 800 militares rusos al servicio del espionaje de Moscú. Para el diario conservador polaco 'Rzeczpospolita', dos militares rusos expulsados el año pasado por Varsovia «espiaban secretos de la OTAN en Polonia».

La Alianza Atlántica expulsó a varios diplomáticos rusos por espionaje el pasado abril. No era la primera vez. Moscú siempre niega las acusaciones y asegura que la institución de defensa euroatlántica busca debilitar a Rusia en el flanco militar y político. Aunque en los últimos meses se ha producido un relativo acercamiento entre la OTAN y Moscú, «la sospecha de que Rusia se resiste al avance del frente euroatlántico al este de Alemania y hará todo lo posible para debilitarlo en países como Polonia, Chequia, Hungría o Rumanía no ha desaparecido», explican fuentes diplomáticas comunitarias

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